Hemos tenido suerte. Vivimos
el mejor de los momentos, pero sólo pensamos en cómo poder destruirlo. Miro
hacia mi niñez y no dejo de pensar en la de mis padres. Recuerdo los paseos con
mi padre, montada en la bicicleta o recorriendo senderos por la huerta. Era
feliz. Soy feliz recordándolo, pero no puedo dejar de compararla con la niñez
de mi madre la que tantas veces me cuenta. A veces me confundo. A veces pienso
que yo soy la niña que se encargaba de cuidar de una barraca. A veces pienso
que tengo miedo porque viene «la Pava»
ese avión panzudo que abría sus compuertas y soltaba bombas incendiarias sobre las
poblaciones. Pero esa no ha sido mi niñez. Me apropio de los recuerdos de mi
madre. Y también de los de mi padre que ya no está. Recuerdo, como si fuese yo
la que lo hubiese vivido, el temblor de aquellos días de invierno en el campo.
O los días de tanto calor en la huerta del rico del pueblo. Mis recuerdos se
funden como si sólo fuesen uno o cientos, porque la memoria es traicionera.
Sí, hemos tenido suerte
de vivir en el mejor de los momentos, pero nunca debemos olvidar aquello que
nos ha hecho libres.